Entre judaísmo y cristianismo, una historia fascinante…

El filósofo y judío alemán Martin Buber, hace años, reunió en una obra algunas anécdotas de pequeñas comunidades de judíos dispersas aquí y allá, especialmente en Rusia y Alemania. Este hermoso libro se llama «Los cuentos de los hasidim», una palabra que debe su origen a «hesed», en hebreo: misericordia y amor. La peculiaridad de muchos de estos grupos era que consideraban que el Mesías tan esperado por su gente finalmente había llegado y coincidía con la misma comunidad que constituían. Entre ellos también estaba el abuelo de una mujer muy delicada, Raïssa Maritain, esposa del gran filósofo francés Jacques.

Un día, la familia Maritain leyó un aviso publicado por un escritor llamado Leon Bloy. Advirtió a los lectores que pronto dejaría de publicar debido a las dificultades financieras que enfrentaba su familia. Jacques y Raïssa decidieron enviarle una pequeña suma en un sobre. A partir de ese día se hicieron «grandes amigos». Pero no sólo. Bloy y su esposa contribuyeron a la conversión al catolicismo de los dos, ella de familia judía y él protestante.

   ¿Por qué todo esto? ¡Quizás para aquellos que creen en un Dios, de cualquier religión, pero que gobierna la Providencia (tan querida por el buen Manzoni), la pobreza se convierte en la ocasión de grandes actos de generosidad!

Pero entre judaísmo y cristianismo, la historia continúa…

Fue así que, se dice, un joven creyente, que no se sabe si de una religión «revelada» o racionalista, se dirigió a Dios para pedirle un placer: tenía algo realmente importante que hervía en una olla. Él oró pues a Dios y le pidió que lo ayudara. Quien sabe si Dios vio la bondad del deseo y tuvo compasión por el hombre que oraba, de toda manera el joven pidió un pequeño favor. «Por favor, Dios, si tengo algún mérito, ¡dame lo que te pido!» (Él era un hombre que siempre hacía bien a muchas personas en dificultad). También le dijo «si no tengo méritos, ¡al menos hazlo por los méritos de mi hijo, que ha dedicado toda su vida a glorificar tu nombre!» Pero Dios no respondió.

Entre judaísmo y cristianismo: una mirada desde Montserrat (Barcelona, España)

Un día, no mucho después, lo que le había pedido a Dios se hizo realidad y se preguntó por qué el Todopoderoso había aceptado su petición. Alguien, sin firmarlo, le envió una carta en la que encontró palabras extrañas. «Lo que hice por ti, no lo hice por tus méritos o los de nadie, ni siquiera el niño más generoso; todo lo que hice por ti, solo lo hice porque me di cuenta de lo importante que era para ti».

Los hombres a menudo creen que para obtener algo de Dios tienen que mostrarle credenciales. No entendieron que si hay un Dios, él los ayudaría a lograr cualquier cosa, en la medida en que sea realmente importante para ellos…

Voluntas tua… tu de quien?